31/05/1920. “Queixumes dos pinos” de don Bernardo.

Hace ya algunas semanas que empecé a trabajar de aprendiz en el taller de ebanistería de don Germán. De nuevo fue gracias a mi tía. Ella me recomendó porque, tras perder el curso escolar, me veía muy haragán a mi vuelta a Compostela.

—Necesitas mantenerte ocupado si no quieres acabar otra vez enfermo —me dijo un día que estábamos desayunando juntos—. Hablaré con mi ebanista para ver si te admite en su taller.

Así fue como un día de lluvia me presenté en el 20 de la rúa Gelmirez para ocupar mis mañanas en aquel taller que olía a madera. La tarea de un ebanista no está considerada en modo alguno. Tiene gran mérito transformar un árbol, un producto de la naturaleza, en algo que acabará al servicio del ser humano, lejos de los bosques y con una forma totalmente diferente a la de origen. Es como un alquimista, un transformador que, contando con conocimientos de geometría obtiene un objeto con posibilidades de catalogarse como obra de arte.

Estos días que nos esperan por delante serán de gran ajetreo al estar programando don Germán una mudanza de local. A mediados de Junio marcharemos a la rúa del Villar y al Franco. Tal cosa significa un gran quehacer por parte de toda la cuadrilla. A pesar del ingente esfuerzo que tendremos que desempeñar estamos ilusionados con el cambio. Especialmente Juan Rodríguez, un mozo galopín y vivaracho que desde que llegué me trató como si fuera su hermano pequeño. Juan es ebanista veterano y no pierde ocasión de despertar una sonrisa a sus camaradas.

Al salir del taller siempre me acompaña un trecho de camino y me explica un sinfín de chascarrillos. Así es como me ha comentado que pertenece al Circulo Católico de Obreros, una asociación que nació a principios del siglo pasado y que se dedica a cultivar la cultura entre sus socios y simpatizantes en sus diferentes secciones. En esta sociedad puedes gozar de espectáculos honestos e instructivos, realizar ejercicios prácticos y teóricos de música, presenciar conciertos instrumentales e incluso practicar la pintura. Incluso han participado en comparsas de Carnaval. Me lo demostró enseñándome un recorte de la revista Vida Gallega que llevaba guardado. La foto era de hace ya algunos años. En ella sale él junto a sus compañeros del Circulo Católico disfrazados de Arlequines posando en el claustro de San Jerónimo, delante del monumento a Minerva. Su hermano Manuel también participó.

1911
Vida Gallega. Junio de 1911

Cuando le expliqué que yo había sido niño del Coro insistió encarecidamente en que me apuntara a su asociación. Me comentó que desde los comienzos de su creación, la asociación había contado con un orfeón y rondalla que dirigió el gran Manuel Valverde (que por cierto, también fue niño del Coro, como yo). Como los orfeones ya no gozan de tanta popularidad, desde el Círculo se han intentado realizar otro tipo de agrupaciones corales más modernas destinadas a obreros y estudiantes jóvenes. Actualmente están intentando recuperar una coral al estilo “Aires da Terra” que se tuvo que suspender por culpa de la gripe del 18.

A mi me sonaba aquella historia, por eso le alenté a que me siguiera explicando más.

Me dijo que el grupo se llamaba “Queixumes dos pinos” (igual que el libro de poemas de Pondal) y que seguramente conocería al director porque era músico de la Banda del Regimiento de Zaragoza.

—¡Bernardo del Río! —grité entusiasmado—. ¡Claro que le conozco! ¡Soy gran admirador de la Banda!

Manuel rio complacido. Me explicó que Bernardo estaba intentando formar de nuevo el grupo y que, si estaba dispuesto, sería muy bien recibido dada mi capacidad vocal. Llegados allí llegó el momento de separar nuestros caminos, así que le comenté que me lo pensaría y que le diría algo el próximo día.

Hoy me siento feliz. Me han dado la posibilidad de formar parte de una coral enxebre y representar con ello los valores y cultura de mi querida Galicia. Y por si fuera poco, encima bajo la gran dirección de un músico a quien admiro fervorosamente. ¡Quien me hubiera dicho a mí hace unos meses, cuando la enfermedad me consumía, que volvería a respirar hondo y, henchido de satisfacción, podría suspirar contento mi dicha y buena ventura!

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