28/05/1920. Los peregrinos en este año Santo.

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Soy un verdadero enamorado de los monumentos que en esta ciudad se han erigido desde la noche de los tiempos. No puedo remediar perderme por las rúas de esta monumental ciudad y descuidar el pensamiento, dejándolo libre y descarriado. Cuando lo encuentro, al cabo, a veces lo percibo animoso y otras triste o pesaroso, sin poder apreciar la causa de su estado. Sin embargo, me gusta repetir esta rutina en solitario, rodeado de piedras milenarias que otros, antes que yo, las miraron y esculpieron para dejar fiel testimonio de su paso por la vida.

Tengo cierta costumbre de visitar la Catedral. Tal vez mi experiencia como niño del Coro dejó la impronta que me hace regresar con repetida constancia a ese edificio que me cautivó desde tan pequeño. Y ayer, como de costumbre, fui a rezar a la Corticela pero no encontré el retiro espiritual deseado a causa del gran gentío que se amontonaba. Por lo visto, se estaba celebrando el recibimiento de una caravana de peregrinos que habían venido caminando desde sus hogares. Esto lo supe cuando le pregunté a un joven que estaba allí por el motivo de aquel tumulto.

No estoy acostumbrado a estas muchedumbres que se vienen formando durante los años Santos o las fiestas de Santiago. La cantidad de personas que llegaron ayer a la ciudad para honrar al Apóstol eran unas 2000, algo que se está repitiendo demasiadas veces en lo que llevamos de año. Por lo visto, esta peregrinación de Bergantiños había salido el día anterior desde sus casas a las 3 de la mañana para, en gran comitiva, juntarse en Anxeriz para celebrar una misa y comulgar. Desde allí hasta Santiago les llevó toda la jornada, llegando seguramente tan cansados que más de uno caería rendido sobre las losas de plazas y rúas. No les dio demasiado tiempo a dormir, pues ya de buena mañana estaban organizados en la Herradura para, en gran comitiva, desfilar hasta la plaza de Alfonso XII y agolparse allí, ante la fachada de Casas Novoa. Les acompañó la imponente música de la Banda Municipal y de la Banda del Regimiento de Zaragoza de la que soy fiel seguidor por los numerosos conciertos que realizan en fiestas y encuentros sociales. De hecho, cuando salí por la Puerta Santa, más enojado que sosegado, esta banda estaba dando un concierto en la Plaza de los Literatos. La música amansó mi genio y me senté junto a los árboles de la plaza para escuchar el conjunto. Con ferviente ademán Don Bernardo del Río se encontraba dirigiendo a este gran conjunto de músicos, en sustitución del director Modesto Rebollo. Este virtuoso compositor, que ocupa la plaza de bombardino, se encarga de dirigir la banda cuando el director se tiene que ausentar. Era además, según tengo entendido, el director de un coro que se formó aquí en Santiago pero que no logró salir adelante en parte por culpa de la gripe que nos azotó hace dos años. Más de la mitad de sus integrantes sucumbieron a la enfermedad y la pobre agrupación no pudo siquiera presentarse en sociedad.

Acabado el concierto sobre la una (así me lo atestiguó la Berenguela) me dirigí hacia casa pensando en la modernidad de los tiempos y en cómo han cambiado las costumbres del peregrinar. Según me explicaron en las clases que recibí como niño del Coro, Santiago fue el centro de Europa en la época de mayor esplendor de las peregrinaciones, allá por el s.XIII. Por aquel entonces llegaban a Compostela peregrinos venidos de lejanas latitudes, extranjeros que traían consigo culturas y conocimientos tan dispares y diversos que, al concluir en este precioso destino eclosionaba todo en perfecta y sutil armonía. ¡Cuanto me hubiera gustado vivir aquella fulgorosa época! Muy al contrario, me ha tocado vivir una época de peregrinaciones insulsas, de ciudadanos que no provienen de más allá de las cuatro provincias gallegas y que ocupan un simple día de sus vidas para caminar hasta el sepulcro de Santiago y abarrotar las rúas y plazas de mi preciada ciudad.

Me pregunto donde irá a parar tan infortunada práctica y si algún día Santiago volverá a ser anfitriona de peregrinos de diversas nacionalidades que realicen peregrinaciones de verdad, desde lejanas latitudes y sin hacer uso (como algunos hacen actualmente) de transportes que desvirtúan la esencia de lo que fue siempre esta ancestral costumbre.

¡Ultreya e suseia!

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