
A parte de vagar y perderme por las rúas de mi Compostela monumental, es también muy propio de mí dejarme llevar por los caminos que conducen a los límites de la ciudad. Tengo tendencia a encaminar mis pasos hacia el sur, cruzando esa nueva rúa de Montero Ríos inaugurada por nuestro alcalde el verano pasado. Al poco de caminar enseguida encuentro ante mí campos de cultivo y extensiones de florida naturaleza que añaden solaz a mi esparcimiento. Avezado a tal práctica no me cuesta esfuerzo llegar hasta Conxo. Una vez allí reposo a la sombra de la carballeira donde dicen que se celebró aquel famoso banquete entre estudiantes de clase social elevada, artesanos y obreros hace más de sesenta años. Dice mi tía que semejante iniciativa, promovida para simbolizar la igualdad entre clases y en la que los estudiantes se convirtieron en sirvientes de los obreros, fue considerada por los sectores poderosos como una intolerable insolencia. Se comenta que en aquel banquete participó una joven Rosalía que, como yo, también encontraba gusto a recorrer estos mismos parajes, a juzgar por alguno de los poemas que dejó escritos inspirados en un cruceiro que siempre me encuentro de regreso y sobre el que no puedo remediar sentarme unos instantes para contemplar desde allí las torres de la catedral iluminadas por el sol del atardecer.
Sentado en aquel cruceiro recorro con la mirada el bello perfil de mi ciudad y paladeo la quietud del lugar, interrumpida en ocasiones por el gemido de un carro tirado por bueyes de algún aldeano que regresa a su casa tras un duro día de trabajo, o los ladridos de algún perro que ha encontrado el rastro de alguna presa. La brisa mece la hierba y produce en mí un escalofrío despertándome del letargo de mis pensamientos. Sin casi darme cuenta la luz ha amainado considerablemente y «el lusco e fusco» entra en escena. Ese momento del día donde las ánimas comienzan a rebullir de su quietud y encuentran el momento propicio para visitar el mundo terrenal del que fueron una vez huéspedes. Os confieso que este momento del día me produce auténtico terror según donde me sorprenda. Mi abuela me ha relatado incontables historias de aparecidos en estos instantes donde la luz aún no ha dejado paso a la obscuridad. Vienen, dice, para dar algún mensaje a un ser querido o para anunciar la muerte de alguien (o la suya propia). Un atardecer, Serafín de Caldán tuvo conversación con un desconocido alto y chepudo que cruzó en su camino y continuó caminando. Cuando llegó a casa y lo comentó a su mujer ella le razonó que tal era el aspecto del marido de Catuxa la costurera, que marchó a América. Al cabo de unas semanas Catuxa recibió noticias de ultramar: su marido había muerto de accidente, aproximadamente en las mismas fechas que aquel día que Serafín se lo cruzó por el camino.

Lo cierto es que el cruceiro donde me encontraba, como todos los cruceiros, guarda relación con un hecho nefasto, un pecado que redimir. Este, el de Ramírez, habla de la muerte trágica de un estudiante en este mismo lugar hace unos doscientos años. Me imagino que por aquel entonces, estos Agros de Carreira serían, si cabe, más solitarios y peligrosos que ahora, y nada bueno podría presagiar la presencia en la noche de este joven de familia acomodada en un lugar tan inhóspito. Las malas lenguas hablan de que vino aquí para batirse en duelo por una deshonra, otras lo involucran en un suicidio de carácter amoroso. En cualquier caso, Manuel Joseph murió en este punto, justo donde el cruceiro se yergue, tal y como atestigua la inscripción que en él se puede leer:
AQUI FINO D. MANV EL JOSEPH RA MIREZ DE ARELLA NO RVEGVEN A DIOS POR EL AÑO DE 1719
La desdichada madre costeó este monumento para guardar memoria de su recuerdo sin ser consciente que el pueblo pone más voluntad en tergiversar los hechos e interpretarlos por un camino enrevesado de escándalo público. Porque finalmente nadie recuerda al pobre Manuel como una víctima de un robo que dejó su vida en los años más tempranos de su existencia, sino como un pecador que desafió a la iglesia con sus actos. El populacho mal leyó la inscripción e interpretó las últimas palabras («No rueguen a Dios por él») como una orden que castigaba al difunto por su reprobable conducta. La imaginación, tan volátil en los dimes y diretes, hizo el resto del trabajo y hay quien dice que incluso el pobre estudiante se encuentra enterrado bajo el cruceiro, por ser rechazada la petición de la familia de recibir cristiana sepultura.
¿Qué alma, extraviada en tan funestas circunstancias, no buscaría la salvación por todos los medios? Hay quien dice que ha visto vagar al estudiante por estos lares, en noches de visibilidad reducida, buscando quizás una respuesta a lo que le sucedió, ansiando quizás el descanso eterno…
Pero por lo que a mí atañe, al menos en este caso concreto, puedo mantener la calma sobre si Ramírez descansa o no en paz. Y todo gracias a los amigos que visitan la casa de mi tía, los cuales de tanto en tanto, me sumen en conversaciones de grato interés. Tal es el caso de Don Pablo Pérez Costanti, archivero municipal de la ciudad.

Don Pablo, veterano en su trabajo, anda enfrascado en publicar una obra que recoja su dilatada experiencia. Un día, describiendo a los concurrentes sus propósitos, nos anunció que en dicha obra quería narrar la anécdota del cruceiro de Ramírez. Cuando una señorona, amiga de mi tía le preguntó si realmente Manuel estaba enterrado bajo el cruceiro Don Pablo fue tajante. Y nos demostró fehacientemente que en la partida de defunción del archivo parroquial de Santa María Salomé encontró un texto que decía que don Manuel José Ramírez de Arellano, estudiante en Artes e hijo de Juan e Isabel murió de una puñalada que le dieron junto a los Agros que llaman de Carreira, extramuros de la ciudad y que recibió sepultura en la capilla de Santa Teresa inclusa en dicha iglesia parroquial el día 26 de abril de 1718.
A todos nos llamó la atención aquella historia, pues podía demostrar la equivocación de todo un pueblo durante más de doscientos años atrás. Y gracias también a ese dato, evité caer en pánico este día que la noche me sorprendió en el cruceiro sabedor de que ningún Manuel errante vendría a invocar mi ayuda para alejarlo de las llamas del infierno.