01/08/1921. «Cantigas e Agarimos» debuta en el Principal.

Continúan llegando nuevas desde África. Con la marcha del batallón de nuestra ciudad es palpable en el ambiente la preocupación de la gente. En las casas de donde partió un soldado existe un tácito acuerdo de no hablar del tema, por no despertar malos augurios que acaben trayendo fatales noticias a través de un indeseable telegrama. Nadie desea que el nombre de un familiar o un conocido aparezca impreso en los periódicos, pero aparecen. A diario nos llegan la relación de heridos leves, graves o muy graves que han sucumbido al fuego enemigo. Hay cabos, coroneles, oficiales, cornetas, tenientes y soldados… La guerra no entiende de rangos cuando a derrota se refiere. ¡Dichosa contienda! Incluso yo mismo me descubro releyendo los periódicos por si algo se dijera de Manuel. ¿Qué será de mi buen amigo? Estará luchando bravamente como nunca antes tuvo que hacerlo. ¿Estará sano, conservará la cordura? Cuanto horror imagino que habrá de presenciar. ¿Cuántos actos de supervivencia estará obligado a realizar? Le he recordado continuamente en la actuación que finalmente realizamos el día 29.

Sí, compañeros. Después de aplazamientos y amargas despedidas, «Cantigas e Agarimos» es oficialmente el coro que habrá de representar a esta bendita ciudad como lo hace «De Ruada» con Ourense, o «Cantigas da Terra» con A Coruña. Hicimos un debut realmente espectacular en el escenario del Principal. El teatro estuvo lleno al completo para presenciar la representación de la coronación de Alfonso VII. Nosotros acompañábamos el acto en ciertos momentos de la trama, la cual escenificaba los momentos más relevantes en la vida de este Emperador de los tiempos de Gelmirez.

Puedo reconocer, y así lo atestigua la crítica, que es posible que nuestra presencia diera sombra a tan austera representación, pues en general la gente no puso gran entusiasmo a la hora de reconocer la labor de los actores pero sí rompieron en júbilo y proclamaron una gran ovación cuando finalizó nuestra representación.

No puedo reprimir el entusiasmo al rememorar esos momentos en los que el teatro, en completo silencio, esperaba que don Bernardo iniciara con un gesto el inicio de nuestra última pieza. Cuando comenzamos a entonar las notas del Himno Gallego todos los concurrentes, alzados en pie y con majestuoso respeto se unieron a nuestro cantar. Al finalizar, aún estáticos en el escenario, nos mirábamos conteniendo el alborozo, poniendo freno a una euforia que se desató tras bambalinas. Ya podemos decir con toda solemnidad que este 29 de Julio será una fecha recordada por todos nosotros como el origen de nuestro coro. ¡Larga vida a Cantigas e Agarimos!

No os podéis imaginar los vítores que recibimos al salir por la puerta. Muchos nos acompañaron desde allí hasta la Alameda, donde dedicamos unas canciones a Rosalía frente a su monumento, como suelen hacer tantas y tantas agrupaciones corales cuando visitan Compostela.

Mas tarde tocó el turno de visitar las oficinas de los periódicos locales que nos recibieron con efusivos aplausos y, como era de esperar (Don Sánchez Guerra sabe lo que hace), nos dedicaron amables comentarios en sus columnas.

Mi abuela, mis padres y mi tía, que se encontraban entre el público del Principal me recibieron en casa muy orgullosos. Mis padres habían prolongado su estancia al conocer que debutaríamos finalmente y de paso aprovecharon para ver la clausura de las fiestas del Apóstol con la fiesta pirotécnica en la plaza del Hospital.

A pesar de las amargas noticias de África la concurrencia fue masiva. Está visto que los compostelanos no faltan con facilidad a citas tan tradicionales como esta. Ni las noticias de la guerra, ni la intensa niebla que se propagó sobre las once desvirtuaron el ánimo del público para presenciar este precioso espectáculo de fuego fijo y fuego de aire a cargo del señor Valladares. Hay quien no comulga con esta ruidosa y peligrosa costumbre. Critican al alcalde por gastarse el dinero de las arcas municipales en pólvora y pirotecnia. Por mi parte no veo mal que se invierta dinero en espectáculos que atraen a turistas y reúnen familias como la mía. En estos casos creo que el dinero invertido sale multiplicado cuando los viajeros que llegan en omnibus o tren a nuestra ciudad para presenciar sus fiestas, se alojan en los hoteles y posadas y consumen las mejores viandas que ofrecen nuestros restaurantes.

Por una vez he de dar la razón a Máximo de la Riva quien, según me enteré recientemente, se encuentra enfermo de tal manera que ha nombrado a García Ferreiro como alcalde accidental. Tuve la ocasión de comprobar su ausencia cuando, paseando por la ciudad me topé con un acto de homenaje. La calle Xelmírez, que no goza de gran amplitud, se encontraba atestada de personalidades allá donde la cuesta comienza a hacerse palpable. Concretamente la reunión se situaba en aquella casa donde vivió el homenajeado: un historiador y periodista del siglo pasado, hijo de la ciudad, cuyo busto ha representado fabulosamente ese escultor joven de apellido Asorey que tanta destreza tiene en lo que hace. La placa donde se ubica el busto fue descubierta ante todos los presentes por las autoridades competentes. Quizás, lo más bello en aquel acto pomposo y sobreactuado, con un discurso accidentado por parte del alcalde accidental fue simplemente el objeto descubierto: una preciosa placa que combina el mármol, el hierro batido y el bronce.

Entre los presentes pude coincidir con don Jaime Solá, aquel escritor y periodista que me presentó mi tía el verano pasado cuando veraneábamos en la Toja. Estuve hablando con él sobre las impresiones de la novela que me regaló («Anduriña») y sobre la situación de África. Me preguntó si nos veríamos este verano en el Balneario pero no le supe contestar con certeza.

Desconozco los planes de mi tía para este verano. También desconozco si yo estoy en sus planes. Lo cierto es que ahora que se ha iniciado agosto muchos marcharán a las rías, ansiosos de pasear por esas playas en bajamar que dejan volcadas las dornas, deseosos de saborear los manjares que la ría les ofrece. Con su marcha Santiago se quedará poco a poco vacío. Si mi tía se marcha unos días yo tal vez haga lo propio por mi cuenta. Quizás visite a mis padres en la aldea o puede que organice algún viaje con «Oterito».

Me despedí de Jaime rechazando educadamente su invitación de acompañarle al primer Congreso Periodístico de Galicia que se celebraba en la Universidad. Solá sería uno de sus asambleístas y tenía previsto hablar sobre las buenas comunicaciones entre las grandes ciudades como pilar fundamental para fomentar el turismo. Y allá se fue no sin antes mandar encarecidos recuerdos para mi tía Minia.

Cuando la rúa Xelmírez recuperó su tránsito habitual me quedé allí quieto, contemplando aquella placa de homenaje a Bernardo Barreiro que, con toda probabilidad, estaba destinada a burlar el devenir de los tiempos y sobrevivirnos a todos los que en este preciso instante estamos viviendo nuestros días en esta Compostela eterna. Saqué mi cuaderno y comencé a dibujarla lo mejor que pude. Aquellos instantes de observación y plasmado en el papel me resultaron intensamente reveladores. Disfruté con cada trazado, me mantuve absorto y tan concentrado que nada a mi alrededor existía, y finalmente, di por finalizado el dibujo dando como resultado un fiel testimonio de lo que vi.

» Saqué mi cuaderno y comencé a dibujarla lo mejor que pude. «

¿Y vosotros? ¿Aún la podéis contemplar hoy con vuestros propios ojos? Si aún existe no os costará demasiado descubrirla y así contestar la pregunta que os formulo a continuación:

¿Frente a qué número de casa de la rúa Xelmirez me quedé contemplando esta obra de Asorey?

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