03/05/1921. El incendio en la Capilla de las Reliquias.

Bomberos sofocando el fuego en la Capilla de las Reliquias. Foto: El Eco Franciscano. 15 de mayo de 1921

Ahora que ha pasado un día de esta desgracia y aún con el olor a humo impregnado en mi olfato quiero plasmar en las hojas de este diario la consternación que me embarga, no solo a mí, sino a toda una ciudad como es Compostela, e incluso más: a todo un pueblo, el gallego, que llora, aturdido aún, la gran pérdida que ha sufrido con el este incendio devastador.

Nadie entiende aún qué ha sucedido, ni cómo se ha podido llevar a cabo semejante distracción. El Muy Ilustrísimo Relicario de la Basílica, don Juan Fernández ha repetido hasta la saciedad que el pasado domingo, tras mantener el altar del retablo de la Capilla de las Reliquias iluminado con 130 velas de cera, como es costumbre por la festividad de San Felipe y Santiago Alfeo, supervisó el apagado de las mismas e incluso el que se recortaran y recogieran todos los cabos. Cuando todo estaba en calma, cerró la Capilla y marchó a su casa.

El cuidado de la vigilancia nocturna, a cargo de un sargento jubilado de la Benemérita no revistió mayor sorpresa hasta que hacia las cinco de la mañana éste detectó que salía humo del Relicario y no tardó en avisar al sacristán Mayor, el cual fue presto a llamar a la casa del señor Fernández, dado que era el único que contaba con la llave de la estancia. Para cuando llegaron ya sonaban las campanas de los templos de toda la ciudad avisando del fuego. Un repicar con el que se despertaron los compostelanos en este lunes desgraciado, sin apenas entender qué estaba sucediendo. Cuando me acerqué a los alrededores de la Basílica eran decenas las personas que se agolpaban con la intención de colaborar. Vi una enorme hilera de seminaristas que, desde San Martín Pinario abastecían de agua las bombas municipales. También muchas aguadoras, haciendo uso de sus sellas ayudaban a que no menguara la existencia de tan preciado elemento en un momento tan crucial para salvar las reliquias de la ciudad y las obras de arte que albergaba la Capilla.

Si don Gelmírez levantara la cabeza lloraría con nosotros tan aciago suceso y recordaría de nuevo el gran derroche de energías que le llevó aquel Pio Latrocinio que consistió en reunir las reliquias más excelsas del momento para ser veneradas en uno de los lugares de peregrinación más importantes de Europa: su adorada Compostela. Es de ley reconocer también que “Pio Latrocinio” es la forma suave de describir un traslado furtivo de reliquias con nocturnidad y alevosía, allá en la Braga de 1012. Mas todos los maestros que he tenido en la Catedral han coincidido que tan piadoso acto fue perdonado con creces a don Gelmírez y que mucho le debe la ciudad a este primer arzobispo de Santiago.

Diego Gelmírez. Óleo de Francis Blas.

A pesar de los esfuerzos, el fuego no fue sofocado hasta las 12 de la mañana. Durante todo ese tiempo se volcaron en cuerpo y alma las aguadoras y los seminaristas, como comenté, pero también artesanos, obreros, alumnos de los centros de enseñanza, comerciantes… Desde los teatros acudieron con los materiales de incendios destinados a la sofocación del mismo y como mención especial habría que nombrar y condecorar a los soldados del Regimiento de Zaragoza que expusieron su salud y alguno de ellos acabó en el hospital con importantes síntomas de asfixia. Esto mismo se repitió en don Jesús López de Rego, amigo de mi tía, quien se expuso en demasía, hecho que está haciendo que nos interesemos por su estado con preocupación.

Durante la tarde de ayer comprobamos con amargura que el precioso retablo que albergaba las reliquias y que contaba casi con 300 años de edad quedó reducido a cenizas.

Retablo de Bernardo Cabrera y Gregorio Español de 1625 destruido por las llamas

Es probable que, tras un gran análisis y selección se puedan salvar bastantes joyas y reliquias, pero aún es temprano para poder asegurar nada. Lo que sí se salvó de milagro bajo un heroico acto de don Ángel Botana, encargado de la bomba municipal, fue el busto de Santiago el Menor que alberga el cráneo del Santo y cuyo cuello luce el collar que don Suero de Quiñones entregó en su peregrinación. Aquella que hizo tras la heroica gesta del Passo Honroso en 1434. El señor Botana, bajo la dramática petición del canónigo Santiago Tafall, se adentró en la capilla en llamas, protegido por un simple pañuelo, para agarrar en una loable y rápido gesto aquella inanimada figura que tanta devoción despierta.

¡Cien vivas para don Ángel y para todos los ciudadanos que ayer se unieron en impetuosa hermandad para luchar contra la devastadora lengua de fuego!

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