12/12/1920. A por un cambio de destino.

Han llegado por fin las esperadas vacaciones de navidad. Ayer me despedí de mis compañeros de Bachillerato con un alegre: ¡Hasta el año próximo! Parece una eternidad pero en realidad no llegará siquiera a un mes, pues el 10 de enero volveremos a las duras clases que, según tía Minia, me tienen que llevar al ingreso en la universidad para ser un gran abogado. Ella insiste, y yo cada vez lo tengo menos claro. Me atraen poco las leyes pero no veo el momento de sincerarme con ella. Cada vez que lo intento me reprimo pensando que es gracias a su difunto marido que logré tener una buena educación y que es gracias a ella que sigo estudiando para entrar en la Universidad. Sin su inestimable ayuda seguiría en la aldea con mis padres, ayudándoles a sacar adelante la casa, sachando regos, ordeñando, vendiendo ganado los días de feria… Una vida tan diferente a la que ella me ha dado, que me siento mal si por un momento pudiera defraudarla.

Por eso a veces pienso que desearía no tener que vivir con ella, no porque no esté a gusto, al contrario, me trata muy bien y me da gran libertad. Es sólo que desearía no tener que deberle tanto moralmente.

Tal vez las cosas cambien a partir del próximo año. Tengo una pequeña corazonada. Ayer, al salir de clases me encontré con “Oterito”. Hacía mucho que no nos veíamos. Parece que nuestros caminos están cada vez más distantes. Pero fue gratificante encontrarme con esta amistad y dimos un largo paseo. Nos dio tiempo de hablar largo y tendido y entre mis pequeños problemas y sus pequeños problemas pudimos dar desahogo a nuestras inquietudes. Fue al pasar por la Calderería, delante de la administración de lotería del Sr. Abraldes, que nos quedamos callados. No supimos bien que decir, pero tanto él como yo tuvimos la misma idea. ¿Y si la fortuna nos diera un empujón hacia nuestros anhelos? Fue así como se nos ocurrió hacer una pequeña inversión en el primer número de la lotería que nos llamó la atención: el 28495. Antes tuvimos que acudir a casa, en busca de nuestros ahorros para acabar comprando en total unos 10 décimos. Ahora que escribo en este diario me parece una pequeña locura habernos gastado tanto dinero pudiéndolo perder todo… pero ¿y si toca? ¿Sabéis todo lo que podría hacer con los 12 millones de pesetas del premio Gordo?

Por mi parte, sin duda, ayudaría a mis padres y lograría esa ansiada emancipación de mi tía para poder estudiar realmente lo que desee, sin culpabilizarme por decepcionar o no a mi tía. Dentro de 10 días podré saber si mi destino cambia.

Mientras no llega el día aprovecharé para adelantar todas las tareas que nos han encargado los profesores. Así tendré días libres para cuando lleguen los días de Navidad y así poder disfrutar de las celebraciones. Sin duda visitaré a mis padres y mi abuela. También creo que tía Minia tiene intención de invitarlos a casa algún día.

También asistiré con ganas a la velada que se celebrará el día de navidad en el Círculo Católico. Por lo visto el cuadro de declamación y rondalla presentarán un espectáculo que está generando gran expectación entre los socios. Por el momento nuestra agrupación está un poco verde para actuar públicamente, aún estamos perfeccionando nuestro repertorio y estamos logrando grandes avances. Sin embargo se están generando asperezas que intuyo no tendrán fácil solución.

La cuestión es la siguiente: Bernardo cree que nuestro repertorio podría llegar a tener mayores matices y color si se incorporaran otro tipo de voces al conjunto. Ya lo hizo Perfecto Feijoo y no olvidemos que todos los coros que están surgiendo siguen la senda que él marcó. En definitiva, sería de una riqueza inmensa que se pudieran añadir a nuestro grupo voces femeninas. Ya no digo por la motivación que generaría entre los jóvenes ese tipo de incorporaciones (me incluyo, por supuesto) sino por la perfección del conjunto, el gran valor añadido de contar con sopranos y tiples que complementarían a la perfección con los bajos.

Pero en el Círculo Católico no están muy de acuerdo con aportar mujeres. Es posible que se teman que convirtamos la agrupación en un reducto de perversión, tentación y pecado al mezclar rapazas y rapaces. En fin, que me van a contar. Conozco muy bien cómo funciona la mentalidad del clero, no en vano me crie como niño del coro de la Catedral.

Tengo que dejar de escribir, tía Minia me está llamando para la cena. ¡Hasta otro día diario!

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