2/08/1920. Mi llegada al Gran Hotel de la Toja.

Las fiestas del apóstol dieron ya a su fin. Bien poco me importa como llevaron a cabo su clausura, pues desde aquel día de mi cumpleaños con la contemplación de la femenina belleza en un ambiente tan poco propicio como fue una plaza de toros, mis ánimos no gozaban de juvenil energía. A medida que pasaban los días e intentaba conservar en el recuerdo su imagen, más difícil me ha resultado mantenerla vívida. Y ello ha ido apagando mi ánimo. Pude despedir a mis padres con teatral normalidad, aparentando que nada sucedía en mi interior. No me resultó tan fácil con mi abuela, que me advirtió no caer en la melancolía que me atenazó a principios de año.

—Non teñamos  que voltar á casa da bruxa, Balbiño —susurró mientras me abrazaba—. Coidado coa saudade.

Por supuesto, a mi tía tampoco le pude ocultar la desazón que poco a poco me afligía. A ella no le expliqué que mi tristeza era el germen de un sentimiento de amor. No me sentía con la suficiente confianza como para explicarle que había visto un ángel donde ella vio trajes de lentejuelas y sangre bovina. No le podía decir que aquella tarde en la plaza había optado por abandonar el interés por el espectáculo para centrarlo en aquella dulce alma a la que me sentía unido sin apenas conocerla, a aquella sensible rapaza que me cautivó sin siquiera saber que existo.  Pero mi tía siempre se ha preocupado por mí y en vistas de que no deseaba que la tristeza se apoderara de mi como lo había hecho en el pasado, optó por ofrecerme una generosa invitación.

Puedo decir que su ofrecimiento ha sido de gran ayuda para elevar mi ánimo. A veces la juventud necesita estímulos, trocar los aires, descubrir que la plenitud del espíritu se alcanza contemplando el esplendor de la naturaleza que esta tierra nos ofrece. Y a fe que acertó, a pesar de que sigo pensando en ella “como quiera te llames”, aunque no con la melancolía de los primeros días, sino con la determinación de que la conoceré algún día y de que le ofreceré mi modesta compañía e interesante conversación.

Pero para elucubrar de qué forma lograré mi propósito, tengo por delante soleados días de descanso y, a menos que no me la encuentre por sorpresa en estos lugares de encanto, más vale que aproveche este gran regalo de mi tía pues no siempre se puede disfrutar de una estancia en el Gran Balneario de La Toja.

Mi tía Minia me lo ofreció de sopetón. Sin esperar que me negara. Ayer me recomendó que dispusiera mi equipaje en una maleta y que incluyera un traje de baño. No había nada que objetar, al día siguiente saldríamos para La Toja, en la ría de Arousa, para pasar unos días en la isla y tonificar nuestro cuerpo a base de baños y sales.

GranHotelLaToja
Gran Hotel de La Toja

Así pues, hoy, bien temprano hemos cogido el tren en Cornes  y hemos iniciado un entretenido viaje que nos ha llevado hasta Pontevedra, la ciudad de mi admirado Perfecto Feijoo. En la misma estación de ferrocarril varias empresas de automóviles ofrecen solícitos sus servicios. Mi tía negoció el trayecto y en poco tiempo estábamos enfilando la carretera que bordea la Ría de Pontevedra por la parte norte. El primer pueblo que llamó mi atención fue Combarro, sencillo y arcaico. Allí el chófer tuvo que parar para solucionar un pinchazo.

—Demo de tacholas! Non hai maneira de que os carros acaben no fondo da ría? —pronunció enfadado—. Disculpe señora, en un santiamén solucionaré el problema.

Continuamos el viaje pasando por otros pueblos con encanto como Raxó, Dorrón, Sanxenxo, Portonovo… Al otro lado de la ría, las playas de Marín y Bueu nos ofrecían un precioso espectáculo de colores.

Al llegar a La Lanzada el mar abierto rugía soberbio. Pasamos cerca de la ermita y mi tía le pidió al chófer que nos acercara para ofrecer una limosna a la virgen. El mar estaba movido y las dornas surcaban las olas a gran velocidad. Quedaba poco para llegar al Grove y por tanto quedaba poco para finalizar nuestro trayecto. El chófer nos explicó que desde que construyeron el puente que une la isla con la península del Grove hace 10 años, la gran mayoría de turistas realizaban el mismo viaje que nosotros. Años atrás, cuando no había puente, era más sencillo, desde Santiago, viajar hasta Cambados y desde allí alquilar un barco que navegara hasta la isla. Aún ahora hay quien hace ese trayecto, nos comentó.

Y al llegar al mencionado puente enmudecimos mi tía y yo. Estábamos circulando por uno de los puentes más largos de Europa. Esta antesala de modernidad sólo puede ser un entremés de lo grandes avances que presenciaremos en los próximos días.

construccion-puente-de-la-toja
Construcción puente de la Toja. 1910

Ahora estoy sentado en la cama del dormitorio que mi tía me ha alquilado en el Gran Hotel. Los ojos se me cierran cansados tras el gran día de emociones y actividad. En otro momento escribiré algo más sobre cómo estoy pasando los días en este lugar privilegiado. Por respeto a mi tía prometo dar fiel testimonio de su generosa invitación. Me gustará recordar esta vivencia cuando los años hayan transcurrido sin piedad. Buenas noches.

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