26/07/1920. El encuentro con mi alma gemela.

No hace mucho que escribí aquí pero desde la última vez me parece una eternidad por la cantidad de vivencias y emociones que me han embargado. Estoy sentado en mi escritorio de cara a la ventana, es noche cerrada y a través de los cristales percibo la algarabía de la gente que aún recorre las rúas. Acabo de retirarme a mi cuarto después de dar las buenas noches a mis padres, mi hermana, mi abuela y mi tía. Ellos seguían charlando de forma animada pero yo me he excusado alegando que estaba cansado. En realidad tenía ganas de encontrarme con este diario, escribir lo que me ha pasado estos tres últimos días y hablaros de “ella”, como quiera que se llame.

Mis padres llegaron muy temprano el sábado por la mañana. Venían con ganas de pasear por la ciudad y disfrutar de las comparsas de Cabezudos y Gigantones. Por eso salimos enseguida y nos mezclamos entre el bullicio. Mi tía Minia no paraba de saludar a gente y mientras hablaba con ellos yo me ponía al día sobre las noticias de la aldea hablando con mi familia. Farruco de Xestoseira había marchado a Argentina en busca de un futuro mejor y la abuela de la Casa de Miliciano había fallecido con 103 años. Mi hermana se estaba planteando venir a trabajar de sirvienta a Compostela, aunque no le veo demasiado convencida. Me temo que no dará el salto y seguirá en casa ayudando a mis padres. Mi abuela le anima, pero me temo que un poco con la boca pequeña. Me imagino que, sin querer, la están obligando a quedarse para cuidar de todos ellos en un futuro.

La conversación se vio interrumpida cuando al fondo de la calle comenzó a sonar el sonido de la gaita y el tamboril. Una melodía pegadiza se acercaba y enseguida se vieron las enormes figuras de los gigantones caminando al ritmo de la gaita. Justo delante nuestro se pararon un momento mientras que el fotógrafo Luis Ksado les pedía un segundo para inmortalizarlos. Es posible que esa foto y todas las que haga durante el día sean para una de esas revistas que mi tía compra todos los meses.

1920.08.Vida Gallega. Coco y Coca
El Coco y la Coca. Vida Gallega (agosto de 1920). Foto Ksado.

Cuando los Gigantones y Cabezudos siguieron su camino, mi padre nos sugirió entrar en una casa de comidas para reponer fuerzas. Fuimos a “O Toldo”, en el Camiño Novo, donde una ración de callos y una jarra de vino tinto cuesta apenas una peseta. No le hicimos ascos a la invitación y disfrutamos gustosos del copioso condumio. Al salir nos pasamos por el concurso de ganados para ver unos magníficos ejemplares de toros de raza gallega. En el acto también participaban yeguas, verracos y cerdas. No pude remediar hacer la chanza, una vez salimos del recinto, de que nos faltaba por ver el último ejemplar en la plaza de Cervantes. Y es que, finalmente, se hizo oficial la visita del Infante Fernando a nuestra ciudad. Cabe decir que las calles estaban espléndidamente adornadas y que la Guardia Civil de Caballería, así como el regimiento de Zaragoza realizaron un vistoso desfile y una escolta impecable. La gente estaba contenta y no pararon de emitir vítores y aplausos.

Después de un día tan largo nos retiramos. Aún quedaba la fiesta pirotécnica en la Plaza del Hospital pero vimos a mi abuela tan cansada que decidimos acompañarla y cenar tranquilamente en casa. Desde los balcones pudimos ver los voladores, no vimos la quema de la fachada pero fue entrañable igualmente.

Al día siguiente llegó el día de mi cumpleaños y el mejor de mis regalos: ella. No podía haber encontrado mejor fecha para conocerla, quizás esto estaba marcado en algún capítulo de mi destino o simplemente fue casualidad, pero de ahora en adelante, mi recuerdo de su belleza quedará marcado por este día y aquel escenario donde nunca me hubiera imaginado.

Todo pasó porque tras la comida y celebración de mi aniversario tía Minia nos regaló unas entradas para ir a ver la corrida de toros que se celebraba esa misma tarde. A mi nunca me ha hecho gracia este espectáculo pero ella es muy aficionada, y dado que al festejo acudía también el Infante Fernando mi familia encontró esa motivación añadida para no desilusionar la buena intención de mi tía.

Así pues, allá fuimos todos. La plaza estaba prácticamente llena y en el palco, que había sido decorado con tapices, el escudo real y las banderas nacional y gallega, se podía ver al Infante junto a otras autoridades.

1920.08.Vida Gallega. Infante
Infante Fernando de Baviera. Vida Gallega (agosto de 1920)

No os puedo contar si a la corrida acudieron cinco o seis toros. Minia nos iba relatando los pormenores de este extraño espectáculo al que ella llama arte. Nos hablaba de los diestros Gaona y Celita, de los picadores que ayudaban a la faena, de cuando era oportuno hacer entrar a los caballos y de cómo se tenía que ir sucediendo la tortura que cada vez me resultaba más difícil de presenciar. Cuando un caballo cayó muerto por la envestida de un toro ya tuve suficiente. No me levanté por respeto a mi tía. Pero me negué a seguir viendo aquel sinsentido. Para evadirme de aquel mal sueño comencé a observar las expresiones en las caras de los espectadores. Os puedo decir que las vi de todas clases: asustadas, aburridas, expectantes, distraídas o sádicas. Pero una expresión me dejó clavado, ensimismado y extasiado. Una bonita y redonda cara de tez blanca y labios finos que se tapaba los ojos cada vez que uno de la cuadrilla clavaba en el lomo del toro esa especie de flecha engalanada. Me quedé prendado del sufrimiento de aquella muchacha. Cuanto más la miraba más la comprendía y más deseaba estar a su lado para consolarla. A la vez, cuanto más la miraba, odiaba con mayor intensidad al maldito afortunado que la acompañaba, insensible a sus padecimientos y jocoso cada vez que el toro tropezaba sin duda a causa de su incipiente agonía. Cuando el toro calló muerto la plaza estalló en vítores. Yo seguí sentado viendo como aquel ángel enjugaba su llanto y el estúpido zopenco aplaudía con sus manos de cernícalo atontado. Y deseé con todas mis fuerzas que semejante bodoque corriera la misma suerte que la triste res que ya arrastraban chorreando sangre.

Desde ayer no me puedo quitar la imagen de esta muchacha. Nunca la había visto antes y solo espero que no sea más que una forastera que desaparezca con el fin de estas fiestas patronales. Por eso me eché hoy a las calles, aspirando a que la casualidad me volviera a sonreir y me permitiera volver a ver su cara, su cuerpo, su alma… En la plaza de Alfonso XII hacían una bendición de automóviles e imaginé que aquel presuntuoso memo acudiría atraído como las moscas a la miel con su dulce compañera. Pero no hubo suerte, además la lluvia hizo acto de presencia y aquello acabó por nublar mi estado de ánimo.

1920.08. Vida Gallega. Bendicion automobiles
Bendición de automóviles. Vida Gallega (agosto de 1920)

Han pasado más de 24 horas desde que la conocí y rezo porque no se borre su imagen de mi memoria. Me río pensando que el otro día, cuando relaté mi experiencia en el concierto de “Cantigas da Terra” criticaba a “Oterito” por distraer la mirada en las espectadoras. Y ahora resulta que eso es lo que hice yo, unos días después, en el mismo escenario. Me río pero también lloro. Me siento dichoso de haberla conocido pero me aterra el no volverla a ver jamas. Acudiré a mi recurrida señora de la Corticela para que me permita volver a ver sus ojos, aunque sean anegados de llanto a causa de las injusticias. Buenas noches diario y buenas noches a ti, bella muchacha, allá donde estés.

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