21/06/1920. Mi virxe da Cuncha.

Escribo estas líneas sin aún dar crédito de lo que me aconteció ayer noche. Tras pensar todo el día en ello aún no puedo decir a ciencia cierta si mis ojos me ofrecieron la verdad o si por el contrario un desvarío, una quimérica ensoñación ha perturbado mi pensamiento. ¿Acaso sufro algún tipo de alienación de mi inteligencia? Si no es así, lo que presencié fue uno de los mayores ultrajes nunca vistos. Escribiré todo según creo que pasó por si mi memoria osa robarme también los recuerdos:

Como ya he dicho en otras ocasiones, soy un gran enamorado de los edificios antiguos y de las piedras esculpidas que perduran más allá del obrador que les dio forma. Cuando no me pierdo en la contemplación de los monumentos del centro de la ciudad, lo hago por lugares más alejados, como la colegiata del Sar o incluso, siendo este uno de mis preferidos, el antiguo Monasterio de Conjo que fue convertido hace unos años en un Sanatorio para asilados y dementes. Hay en los alrededores de este edificio, colindante con el río, un punto de devoción que se encuentra en el camino de los peregrinos que vienen del sur. Es una preciosa fuente que ofrece refrigerio a los extenuados penitentes y consuelo espiritual por la virgen que allí se adora. Le llaman la Virxe da Cuncha y dicen que permanece en aquel lugar desde hace cientos de años.

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Sanatorio de Conjo. Gruta de la fuente de la Virgen. Fototipia Thomas, 1915

Me encontraba pues en aquel lugar, reposando la caminata, estirado junto al río y ensimismado en el rumor de la corriente cuando oí una dulce voz de mujer cantando. La penumbra del bosque y el día que empezaba a languidecer no me ofrecían demasiada luz para localizar a aquel ángel. Sin atreverme a erguir mi cuerpo escruté el paisaje y vi una rapaza que no superaría la veintena, todo vestida de blanco. Se encontraba arrodillada frente a la gruta de la virgen y entonaba una lírica canción de belleza exquisita. Su cara era redonda, su piel blanca como la luna y su voz refinada y elegante.

No puedo precisar el tiempo que estuve escuchándola pero cuando me dí cuenta estaba prácticamente oscuro. Ahí fue donde comencé a tener miedo. Recordé la historia de Rwisinda, una peregrina del norte de Francia que fundó el monasterio como un gran acto de amor a su prometido asesinado. El pobre infeliz se ofreció en peregrinación al apóstol Santiago para que intercediera en la salud de su padre enfermo, dejando tras de sí a su recién prometida. Un celoso conde, aprovechando su ausencia, se declaró a la enamorada y tras recibir su rechazo, decidió perseguir al peregrino para darle muerte. Ella, presintiendo lo peor, se echó al Camino y halló horrorizada a su bien amado asesinado. En honor a su memoria y fidelidad, condujo el cadáver hasta Compostela y enterró a su prometido muy cerca de este lugar, junto a una iglesia dedicada a la Virgen y regentada por un grupo de mujeres eremitas.

¿Y si lo que yo estaba percibiendo era el espectro de Rwisinda entonando una nostálgica tonada hacia su querido Almerico? Mis dientes empezaron a castañear y eché mano a mi boca atemorizado de que me delataran. Justo en aquel momento oí unas voces que provenían del Manicomio. Dos mujeres con el uniforme de las hijas de la Caridad y con un candil en la mano corrían apresuradas buscando algo o alguien.

—Máis vale que estea por eiquí se non queremos ter un problema—escuché que decían nerviosas—. ¡Diantre de moza!

Mi espectral Rwisinda alzó la mirada, se puso en pie de forma rápida y ágil y comenzó a correr mientras ululaba, rompiendo en añicos aquel momento que para mí fue mágico. Tras de ella arrancaron a correr las empleadas del Manicomio llamándola por su nombre y prometiéndole una taza de chocolate recién hecho.

Pareciera que no más pudiera sucederme, pero lo siguiente es aún más inverosímil si cabe. Dispuesto a escapar de aquel lugar que ahora se me antojaba peligroso para mi integridad física y mental, me levanté sacudiendo mi ropa e intenté abrirme camino sin tropezar y caer al río. Enseguida me tuve que volver a agachar, pues dos moles vestidas también con ropaje blanco caminaban directas hacia la fuente de la Virgen portando en las manos una herramienta similar a una azada. No podía entender sus palabras pero por sus gestos parecían presentar cierta perturbación intelectual. No cabía duda de que aquel día el guarda del Manicomio había olvidado cerrar la puerta del edificio, pues todos los asilados habían decidido salir a hacer falcatruadas a pesar de que aún no era la noche de San Xoan. Pero aquella falcatruada me dejó atónito, patidifuso y turulato.

Aquellos brutos salvajes comenzaron a propinar golpes a la indefensa virgen. ¡Madre de Dios! Por la oscuridad apenas podía ver en la distancia pero escuchar sí pude. El estruendo era descomunal, como descomunal fue el estropicio. No entiendo como nadie acudió ante semejante escándalo. Cuando acabaron su feroz paliza alzaron entre los dos la maltrecha imagen y sin aparente esfuerzo la lanzaron al río. Me quedé paralizado. No supe que hacer. El miedo por si me hacían algo parecido si les acusaba y la estupefacción por ser testigo de semejante sacrilegio me dejó en un estado que no sé cuanto duró.

Finalmente, cuando pude reponerme de la emoción aquellos dos bestias ya habían seguido su camino, a todas luces descarriado. Por su parte, el bosque permanecía en sepulcral silencio, no sé si atónito o indiferente. El Sar discurría plácido, como si nada hubiera acontecido. Y la virgen, mi pobre «virxe da cuncha» yacía en su oscuro fondo vejada y avasallada.

Taciturno regresé a casa y me estiré en mi lecho. Me costó conciliar el sueño, pero poco a poco me fui sumiendo en un sueño que se interrumpió durante la noche con repentinos despertares provocados por pesadillas de mujeres de blanco cantando dentro de un río, terremotos que asolaban y destruían nuestra Catedral y dementes con azadas golpeando cruceiros en las encrucijadas de un camino.

Esta mañana, al despertar no me quería creer lo que viví ayer. Aún ahora no estoy del todo seguro de si esto ha sido producto de mi imaginación o si, ciertamente, la imagen de una virgen yace en el fondo de un río y quien sabe hasta cuando no podrá ser rescatada. ¡Cuan contradictoria puede ser la mano del hombre que en algunos casos es capaz de crear obras de arte y en otros solo destrucción e ignominia! Me cuesta entender porque los hombres pueden llegar a obrar de esta manera. ¿Qué complejo mecanismo de nuestro entendimiento hace que alguien pierda el juicio hasta el punto de emplear la violencia de este modo contra un símbolo o aún peor, contra una persona? Tengo la sensación de que los hombres que vi ayer en el río y que reciben tratamiento para sanar su locura no se diferencian tanto del resto que está extramuros de Conjo. Sólo hay que escuchar las historias que canta un ciego en las ferias de aldea explicando espeluznantes asesinatos o leer algunas noticias que se publican en los periódicos como las riñas en las huelgas de obreros o las palizas en los bailes por banales asuntos. Hay algo en nosotros que nos hace muy temibles.

Espero que mi pobre Virxe da Cuncha pueda volver a ver pronto la luz para seguir guiando a peregrinos y mostrar a todo el mundo que el amor y la fraternidad debería estar por delante de todo lo que conocemos en este terrenal e inhóspito mundo. ¡Amén!

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