11/06/1920. Mis recuerdos como niño del Coro de la Catedral.

La carta que recibí de Basilio me hizo recordar tiempos remotos, cuando eramos niños y una ciudad en su mayoría sombría y húmeda nos recibió indiferente dispuesta a absorvernos en su eternidad de granito y agua.

Allá por el año 1910 tanto Basilio como yo éramos simples niños de aldea que venían a pasar una prueba que marcaría nuestros futuros de salir victoriosos de ella. La Catedral necesitaba tiples y contraltos que integraran el grupo de seises y mi magnánimo tío, que en paz descanse, conociendo a gran parte del Cabildo de aquella época, no dudó en recomendarnos a ambos dadas las apreciables habilidades que habíamos mostrado en las ceremonias de nuestra parroquia.

Tras lograr el éxito en la prueba se abrió ante nosotros un cielo, aunque según recuerdo, aquel no era de color celeste ni radiante sino, más bien al contrario, contenía amenazantes nubarrones que se esparcían por doquier augurando tormentas que podían durar semanas.

Aún así, y viéndolo en perspectiva,  podíamos considerarnos auténticos privilegiados al vivir frente a la catedral, en ese inmenso edificio de 25 arcos que ya cuenta con más de siglo y medio de historia. Hay que decir que no solo fue nuestra casa, en él se albergaba y alberga también el Ayuntamiento de la ciudad con su alhóndiga pública, la cárcel secular y la eclesiástica y todas las dependencias que ocupan el rector-administrador, sus criados, los Misarios, los Acólitos, los Confesores y, por supuesto, nuestro querido Maestro de Capilla: Don Manuel Soler y Palmer.

Él estaba a nuestro cargo y era su responsabilidad que no nos faltara de nada. Me consta que actualmente sigue realizando una encomiable labor como Maestro y músico, doy fe cada vez que lo veo dirigiendo el Coro y los músicos en las ceremonias eclesiásticas de nuestra Catedral. Su profesionalidad y disciplina nos guió durante aquellos años en que, siendo aún muy niños, dejamos nuestros hogares para recibir una instrucción de valor incalculable.

Lo que recuerdo de aquellos tiempos es que las mañanas eran más llevaderas, en tanto que recibíamos los estudios de música, solfeo y canto. Primero de uno en uno y después en conjunto, con el maestro al piano. Por la tarde era el turno de la instrucción de latinidad, de los rudimentos de Gramática y de los de Lógica, a través de los cuales podíamos habilitar nuestro entendimiento y ejercitar así la inteligencia para las materias morales.

Fueron años duros, de intenso cultivo del conocimiento que entró a base de horas de estudio y algún que otro pescozón por parte de nuestros instructores. En esto de aprender, Basilio tenía su sistema propio: cuando disfrutábamos de ratos para campar a nuestras anchas por la Catedral, era muy aficionado a propinarse “croques” contra la figura arrodillada del Maestro Mateo. Según él, esto le ayudaba a fijar lo estudiado en su entendimiento y contribuía a su buen aprehender.

En realidad, siempre fue un cabeza dura mi buen Basilio. Aún recuerdo el día que, mientras ensayábamos en el coro de madera se dio con la bola de metal del puntero con el que pasábamos las páginas de los libros de canto gregoriano. El facistol sobre el que van posados era tan alto que Basilio, tras intentarlo de puntillas perdió el equilibrio y soltó el puntero que fue a dar de lleno sobre su frente. El pobre recogió el utensilio antes de que el maestro reparara en ello y disimuló con tal temple que a todos nos dejó pasmados. Algún compañero no pudo reprimir la risa, perdió la afinación y ello le supuso el consiguiente capirotazo del maestro.

Era un buen equipo el formado por mis compañeros y yo. Entre nosotros nos cubríamos y protegíamos cuando alguno de nosotros desafiaba la norma establecida. Como no teníamos la libertad de poder salir a la ciudad cuando fuera nuestro antojo, tuvimos que compartir muchos ratos juntos en el Seminario o la Catedral. En esta nos sentíamos como pez en el agua y conocíamos todos los rincones habidos y por haber. Como éramos niños no podíamos evitar ser niños y nuestra pueril ocurrencia podía ir desde robar unos cirios en la Sacristía para hacer con ellos figuras de cera hasta coger “prestadas” las borlas de los estandartes o meternos en el interior del órgano para observar desde dentro el mecanismo de aquel sorprendente instrumento.

niñoscoro
Niños de Coro de la Catedral. Anónimo. c.a 1905

Ver la ciudad desde la Catedral o desde las ventanas del Seminario despertaba en nosotros una febril curiosidad que necesitaba ser saciada. El ir y venir de las gentes que se percibía en las rúas nos invitaba a dejarnos llevar por esa riada para descubrir una ciudad que solo veíamos al salir en Procesión o cuando nuestras familias nos visitaban. Para ello contábamos con un buen truco: bastaba con arrancar algún botón de nuestra colorada sotana o rasgar un poco alguna parte del tejido. Inmediatamente nos enviaban a la sastrería de la Catedral que está en el primer local que hay saliendo por la puerta de Platerías. Nosotros le dejábamos al sastre la sotana y en el tiempo que tardaba en remendarla nosotros aprovechábamos para aventurarnos en un laberinto de rúas y ruelas que nos descubrían un mundo desconocido.

Algunas veces podíamos incluso comprar algún capricho con los pocos ahorros que acumulábamos. No es que nuestra economía fuera muy abultada pero la alimentábamos a base de encontrar monedas bajo los bancos y reclinatorios de la Catedral. Otras veces las monedas eran como trofeos tras una encarnizada disputa donde ganaba el más ágil y avispado. Ocurría cada vez que un canónigo tomaba posesión de su cargo. Era costumbre llamar a los pobres que pedían en las puertas de la Catedral y juntarlos en el claustro. Entonces un guarda se subía al tejado y desde allí lanzaba puñados de patacones, perrachicas y reales. Nosotros aprovechábamos para participar también. No recuerdo embargar mayor emoción de triunfo tras obtener esas pocas monedas rapiñadas tras un empujón, codazo o pisotón a personas por lo general más débiles que nosotros. Lo peor de todo es que creo que nuestros preceptores, a su manera, también disfrutaban viéndonos pelear por una mísera limosna, causante de sacar de nosotros la más mezquina de las conductas humanas.

 

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