19/05/1920. Bautizo de leche.

Puedo decir sin ninguna probabilidad de errar que hoy le he hecho un gran favor a mi amigo «Oterito». Y lo más curioso de todo el asunto es que ha sido sin ningún tipo de intencionalidad. Bueno, reconozco que la culpabilidad me acuciaba. Después de dejarlo abandonado frente a la autoridad municipal algo en mi interior se retorcía. Sí es cierto que aquel día hice una gran acción que compensó mi cobardía, pero olvidando todo esto, hoy decidí visitar a mi amigo cuya osadía alentada por el amor a una lecherita le había conducido a tener que rendir cuentas ante la Guardia Municipal.

Mientras me iba preguntando cuan satisfecho estaría el progenitor de mi enamorado amigo y disponiéndome a entrar en la portería de su domicilio, reparé que justo en ese momento estaba entrando una moza de imponente gallardía que portaba una lechera en la cabeza. La rapaza, que aparentaba tener un par de años más que mi amigo, era sin duda hermosa. Comprendí los motivos de su ensimismamiento y la osadía de sus actos cuasi al mismo tiempo. Por aquella belleza natural bien valía robar 100 camelias ante 100 guardias municipales.

Di un tiempo prudencial para dejar que acabara con el reparto antes de entrar en la portería. Tengo que reconocer que, aunque la curiosidad de verla de cerca me apremiaba a entrar cuanto antes, quería mantenerme al margen y no inmiscuirme demasiado.

Finalmente, y dado que tardaba en exceso, opté por entrar para continuar con el objeto de mi visita. Y entonces la vi haciendo aquello.

Mis ojos no daban crédito de lo que aquella malnacida estaba haciendo. Me costó entenderlo, pero finalmente no me quedó ninguna duda de que la muy marrana acababa de aliviar sus aguas menores justo en el interior del recipiente que iba destinado a la alimentación de mi compañero.

Ella titubeó un momento y no acertó a decir palabra. En su lugar marchó corriendo de la portería, colorada como un tomate y casi olvidando la lechera contaminada de su propio orín.

No supe qué hacer. Por descontado, quería contárselo todo a mi amigo. De lo primero que fui consciente es de lo equivocado que estaba cuando me comentó que la chica titubeaba y se sonrojaba cuando lo veía… Al fin y al cabo, ¡eso mismo le había ocurrido conmigo y no era precisamente porque me considerara atractivo! Es por esto que sabía que le iba a hacer daño al contarle la verdad, pero si callaba mi secreto tal vez el daño podría alcanzar a toda su familia. ¡Y qué diantre! aquella malnacida necesitaba un escarmiento.

No fue fácil explicar lo que presencié en la portería a la familia de «Oterito» pero finalmente me estuvieron generosamente agradecidos. La madre de mi amigo comentó que cada vez se estaba poniendo más de moda la costumbre que tenían las lecheras de adulterar la leche para aumentar su cantidad. Normalmente lo hacen con agua pero en los fielatos se han puesto tan rigurosos midiendo la densidad que es fácil de descubrir el fraude. Las muy tramposas tienen que buscarse otras formas de rascar el beneficio aunque sea de forma tan poco ética. A pesar de que la multa por aguar la leche puede andar por las 10 pesetas parece que les compensa seguir haciendo el mal y poniendo en peligro la salud de los ciudadanos. Espero que el Ayuntamiento se ponga más riguroso en controlar estas situaciones, aunque Don Máximo me inspira la misma confianza que los dichosos «villeus».

Ahora «Oterito» ya no tiene ninguna lechera a quien regalar sus camelias, pero al menos le he ahorrado con toda seguridad un buen problema digestivo.

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