17/05/1920. Batalla de piedras en plena rúa.

Ayer domingo fue un mal día para salir a pasear. Aún siento un fuerte palpitar por lo sucedido y doy gracias a Dios por no haber sido peor parado. No entiendo qué le pasa por la cabeza a los jóvenes de esta ciudad. Gente como yo, o como mi amigo «Oterito» que nunca se mete con nadie, tenemos que sufrir el ingrato incivismo de algunos que deciden montar auténticas batallas campales en medio de la rúa. Y en calidad de orden público, la Guardia Municipal no merece por mi parte ni una pizca de respeto, pues cuando se necesitan están ausentes y cuando no los buscas ocupan su tiempo malogrando ilusiones entre los ciudadanos de bien.

Por la mañana, al salir de misa, me encontré con Juan (al que todos llamamos «Oterito» por el apellido de su madre). Bajamos juntos por el Preguntoiro y me fue explicando lo ilusionado que estaba con una moza que traía la leche todas las mañanas a su casa. Dice que en más de una ocasión la ha sorprendido en la portería al bajar las escaleras y que siempre ha titubeado poniéndose roja como un tomate. Juan cree que la moza está por él aunque yo creo que es al contrario. Cuando le pregunto con socarronería que qué va a hace con una lechera de aldea él dice que no le importa en absoluto. Así que se resolvió a recoger un buen ramo de flores de las que estos días nacen en los jardines de la Alameda. Yo le acompañé. Nunca me niego a dar un buen paseo por la Herradura. Cuando llegamos a la zona del monumento a Rosalía, Juan se decidió por unas hermosas Camelias. Yo me entretuve observando el monumento. Después de tres años la piedra y el bronce ya comenzaban a mostrar el paso del tiempo. ¡Cómo pasa el tiempo! Me parece que fue ayer cuando lo inauguraron, en las fiestas del Apóstol del 17.

Absorto como estaba en mis recuerdos, desperté alertado por un silbato y tras nosotros apareció un «villeu» que increpaba a «Oterito» por coger flores. Yo, cobarde de mí, arranqué a correr sin dilación, como si el culpable de todo ello fuera yo mismo y dejé a mi amigo atrapado entre las garras del maldito municipal que le gritaba como si hubiera atentado contra el mismísimo Alfonso XIII.

Cuando paré para recuperar el resuello no sabía ni en qué rúa me encontraba. Seguí caminando un trecho más y me vi tentado en volver para comprobar qué había sido de mi amigo. Sin embargo, cambié de opinión y acabé caminando hasta la Colexiata do Sar. Confieso que soy un gran aficionado a los edificios de esta ciudad y el entorno e la Colexiata es uno de mis preferidos.

Calle Castron Douro

Cuando regresaba por la rúa do Castrón Douro fui testigo de una de esas batallas que son cada vez más frecuentes entre pandillas. He visto muchas que han sido acordados en el monte de la Almáciga pero esta me sorprendió por el lugar donde había sido convocada. Lo cierto es que en cualquier lugar no faltan piedras para ser arrojadas contra el contrario, que es principalmente en lo que se basa esta practica tan absurda. Lo que más me indignó fue el acto de poco honor que mostró uno de los contrincantes que, aún viendo a su oponente estirada en el suelo tras tropezar, le arrojó un pedrusco que acertó desafortunadamente en su cabeza. Aquel guijarro tan malintencionado abrió una brecha a la coitadiña y armándome del valor que no había tenido en el altercado con el «villeu» fui a socorrerla. También lo hicieron sus compañeros, que, levantando los brazos y mostrando un trapo blanco pedían parar la contienda. Fue en vano, a duras penas logramos coger en volandas a Pepita (así me dijeron que se llamaba) y salir corriendo de allí dirección al Hospital. Los compañeros de Pepita no salían de su asombro ante las malas artes de Manueliño, el líder de la otra pandilla, que se había mantenido firme y había violado una de las más ancestrales normas en las guerras de pandillas.

Por suerte Pepita se encuentra bien. En el Hospital nos miraron bastante mal y nos trataron como si fuéramos los culpables de todo aquello. Eso sí, en todo ese tiempo no vi ningún «villeu» que increpara a Manueliño ni disolviera la batalla de la que fui testigo.

Este fue mi desafortunado domingo. Yo recibí también alguna pedrada que me amorató. Por fortuna, Minia no me preguntó demasiado al respecto y hoy no se ha interesado demasiado por mí. Está demasiado afectada por la muerte de un torero que sufrió una cogida ayer. Otro que sufrió un desafortunado domingo. Yo no sé bien quien era (no me interesa para nada la tauromaquia) pero según mi tía es una noticia de aúpa. Por lo visto el pobre ha muerto con 25 años y cuando estaba en la cúspide de su carrera. Supongo que así nacen las leyendas. Descanse en paz.

Te puede interesar: Mayo de 1920

 

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s