15/05/1920. La paletilla caída.

Como iba explicando ayer, visité junto a mi abuela la casa de la “Bruxa de Fornás”. Después de caminar un trecho de camino que me pareció interminable, llegamos a una casucha apartada del resto, con un extraño olor en el ambiente. Mi abuela debió ver en mi cara el miedo porque trató de tranquilizarme explicando que Delia y ella son amigas desde hace mucho tiempo, a pesar de que sus vidas ya maduras han transcurrido muy separadas.
Mi abuela gritó desde el camino y al poco rato salió, desde dentro de un hórreo que había junto a la casa, una señora que tendría más o menos la edad de mi abuela, con un pañuelo en la cabeza. Me pareció una mujer muy atractiva, a pesar de que había algo que me resultaba extraño, sin saber exactamente el qué. Después, cuando la vi de más cerca noté que no tenía pelo en las cejas, y que, en su lugar, había dibujado dos lineas amarillas de color azafrán.

Mi abuela y ella se saludaron afablemente y al poco Delia fijó su mirada en mí. Dijo que estaba muy crecido desde la última vez, pero por su cara pude notar que algo no le gustó. Sin que le importara que yo estuviera delante, le dijo a mi abuela que alguien me envidiaba, que no me quería bien, y que por eso teníamos que entrar dentro, para poder expulsar el maldeollo o meigallo. Mi abuela asintió decidida y yo, a pesar de no entender de qué iba todo aquello, accedí. Al fin y al cabo, mi abuela me había ido contando durante todo el camino la buena reputación que tenía aquella señora en la parroquia.

El interior de la casa era un lugar normal, como la casa de mis padres o la de los abuelos de Basilio. En la lareira, un caldeiro que colgaba de la gramalleira se calentaba a fuego lento. Delia removió su contenido y con el mismo cazo llenó un vaso que dejó enfriar. Poco después me lo hizo tomar. Sabía fatal, me dijo que era ruda, que me iría bien para expulsar.

Yo cada vez me sentía peor. Mi estado contrastaba con el de mi abuela, que se había sentado junto al fuego y tranquilamente había empezado a explicarle a Delia mi historia, el empeoramiento de mi salud, la melancolía que me invadía y la cantidad de peso que había perdido en apenas unos meses.

Yo mientras tanto, paseaba mi mirada por la estancia. En una estantería que había junto a la ventana Delia guardaba unos libros. Me llamó la atención que supiera leer (en mi casa apenas nadie había aprendido) y más me sorprendió ver un “Ciprianillo”, aquel libro del que tanto habíamos hablado entre mis compañeros del coro cuando estuvimos viviendo enfrente de la Catedral. Corría el rumor entonces de que en la biblioteca de la Catedral se guardaba un ejemplar bajo llave, tras una reja de hierro y sujeto por dos gruesas cadenas. Nadie lo pudimos ver nunca, y siempre pensamos que en realidad no existía tal libro. Pero allí había un ejemplar, sin cadenas ni reja de hierro, en la estantería de aquella señora que me estaba pidiendo justo en ese momento que me sentara en una silla frente a ella…

libro de san cipriano
Libro de San Cipriano

Me pidió que me descalzara y que pusiera los pies juntos. Luego me pidió que juntara las manos con los brazos hacia delante, palma con palma. Cuando hice eso, Delia miró a mi abuela con cara de haber descubierto mi mal:

-Viches? -proclamó-. Este neno ten a paletilla caída.

Fin del problema. Todo mi mal, la maldita melancolía y los problemas de salud que me estaban abocando sin remedio al camposanto, venían de tener un hueso de mi espalda desencajado y hasta que no regresase a su sitio nada volvería a ser igual.

Mientras me preguntaba de qué manera solucionaría Delia aquella asimetría corporal, me vi, sin apenas darme cuenta, estirado en el suelo con mi abuela y ella postradas encima mío, con las rodillas sobre mi espalda y tirando de mis brazos sin demasiado cuidado. No sé bien cómo lo hicieron, pero tras escuchar una serie de crujidos me reincorporé y tras unas profundas respiraciones noté una cierta mejoría.

Creyendo que todo había finalizado, me dispuse a salir de allí cuanto antes. No obstante, Delia miró a mi abuela y cogiendo un cuchillo le dijo:

-Ainda faltan as lombrigas.

Mi abuela asintió entendiendo y de nuevo me vi postrado en el suelo, sintiendo como recorrían con el peligroso cuchillo mi espalda de lado a lado realizando cruces y proclamando en voz alta:

-Lombrigas, lumbrigueiro, todas xuntas nun montón, co fío deste coitelo sean cortadas, quedando solo unha da manada por la Virgen Santísima y por Santa Ana.

Amen, dije al finalizar. Luego salí corriendo y dejé allí a mi abuela y a todo el que quisiera quedarse. Yo no quería volver a aquel lugar.

Sin embargo han pasado ya algunos meses desde entonces y tengo que agradecer a mi abuela que me llevara junto a la “Bruxa de Fornás”. Cuando regresó a casa aquella noche no le dirigí la palabra, pero en los días sucesivos ya hicimos las paces e incluso me regaló una jiga de azabache que conservaba de mi abuelo y que me recomendó llevara colgada de mi cuello para que evitara volver a pasar por lo que había pasado.

-Mal no te hará, me dijo-. Pero sí moito ben.

Mi salud mejoró desde entonces, con buenos caldos y cocidos recuperé mi peso normal. También tengo que reconocer que lo del ritual del cuchillo y la ruda sirvió para algo: estuve expulsando lombrices no sé durante cuanto tiempo, nunca imaginé que todo aquello pudiera salir de mi interior.

Ahora vuelvo a vivir en Santiago con mi tía Minia. Es verdad que he perdido el curso y al disponer de más tiempo la ayudo más que nunca en casa. También he empezado a trabajar unas horas en el taller de un artesano, mientras no me reincorporo a los estudios y poco a poco he ido recuperando mis ganas de aprender cosas y pasear por las calles de esta ciudad. La llegada del buen tiempo y los días más largos regalan buenos atardeceres que iluminan la fachada barroca de la catedral desde el balcón natural que forma la Alameda.

Desde allí estoy hoy escribiendo este texto. Debo confesar que le estoy encontrando el gusto a ello.

 

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