14/05/1920. Mi reencuentro con este diario.

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez, lo sé. Durante los últimos meses he abandonado por completo la escritura de este diario. Vale decir que no me había acostumbrado aún a la rutina de la escritura y que no las tenía todas conmigo, no confiaba mucho en mi disciplina. Pero después de todo este tiempo me propongo reanudar mis relatos y empezaré explicando la razón principal de mi ausencia.

Cuando dejé de escribir nos estábamos adentrando en un otoño que se me hizo eterno. Me acababa de recuperar de un catarro mal curado con el temor constante por la maldita gripe. Había visitado a los abuelos de Basilio, me encontraba contento de saber que le iba muy bien allá en Buenos Aires y así lo compartí con mis antiguos compañeros del Coro, una tarde que paseábamos por la Alameda.

Pero la llegada del mal tiempo, la falta de luz y la maldita lluvia que azotaba día sí día también esta ciudad que alberga constantemente una nube sobre sí misma, me hizo caer en un estado melancólico perpetuo. Un desfallecimiento que no cesaba y que mi tía Minia intentó compensar a base de tónicos y jarabes que compra con toda su buena intención en la farmacia del Toural. Don Ricardo la aconseja y dada su condición de buena clienta, le aplica importantes descuentos. Uno de esos reconstituyentes, el jarabe Riché, está preparado en los laboratorios de la misma farmacia y está considerado uno de los más activos. Lo anuncian incluso en las revistas que mi tía compra. Pero ni este jarabe, ni el elixir Callol, ni el tónico Koch, ni el reconstituyente de Hipofosfitos ni las mismas pastillas de los mosquitos que tan bien me habían funcionado anteriormente dieron con la solución de mi malestar.

El otoño nefasto dio paso a un invierno crudo y despiadado que mantuvo mi afligida salud en vilo. Apenas salí de casa, aquejado por un malestar que poco a poco me iba consumiendo y dejando mi cuerpo cada vez más y más delgado. Mi tía alertó a mis padres y dado que ya había perdido la oportunidad de mantener mis estudios al día, decidieron que regresara a la aldea temporalmente, con la esperanza de que un cambio de aires y buenos alimentos dieran fin a mi continuo desfallecimiento.

Fue así, que pasé los primeros meses de este año Santo en la casa que me vio nacer. Allí también me encontré con mi abuela Carmiña, la única que me queda y que cuenta ya con 80 años de edad. Mi abuela es sabia. Conocedora de lo que me pasaba encontró remedio a mi situación y a fe puedo decir, sin dudar acaso, que si estoy hoy vivo escribiendo en este diario es gracias a ella. Mi abuela no ha visto demasiado mundo, en realidad no ha salido nunca de Galicia y a pesar de haber estado trabajando prácticamente toda su vida (aún ahora no puede estar quieta) ha conocido a gente muy selecta e importante. Ella tiene las manos desgastadas de lavar ropa en el río a señoritos y gente de alta cuna. Uno de mis primeros recuerdos es verla marchar caminando a Santiago con una cesta en la cabeza repleta de ropa blanca que ocuparía las camas de algunos pazos.

lavandeira
Lavandeira. Foto: Ferrer

Cuando vio mi deplorable estado me comentó que le recordaba a cierta señora a la que sirvió durante un tiempo y que la mayor de las veces se encontraba en un estado de melancolía que la inspiraba para escribir versos y poemas. Mi abuela dice que si esta señora hubiera hecho caso de sus consejos ahora tal vez aún estaría viva como ella. Pero no lo hizo y murió bastante antes de que yo naciera.

Yo por suerte le hice caso. Una mañana, bien temprano, me tiró de las sábanas y me pidió que le acompañara en ayunas. Antes había hablado con mis padres y aunque mi madre no estaba muy conforme acabó cediendo a la autoridad de mi padre, quien estaba muy a favor de lo que mi abuela recomendaba. Tengo que decir que lo que me pasó aquel día no me había ocurrido nunca. Yo nunca había ido a una curandera, es más, cuando estudié en el coro de la Catedral escuché muchas veces en boca de mis maestros que las prácticas de “compoñedores” o “curandeiros” no eran más que las propias de Lucifer ocultas en las manos de sus servidores.

La señora a la que me llevó a ver mi abuela estaba en la aldea de al lado. Era por todos conocida como “A Bruxa de Fornás” y desde pequeño siempre nos habían llenado la cabeza de fantasmas hablándonos de sus poderes provinentes “do Alén”.

Seguiré contando otro día esta singular historia que me devolvió al mundo cuando ya creí que pertenecía al otro. La Berenguela me está anunciando que ya va siendo hora de ir a dormir.

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